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EL TENIS Y LA CAZA. Por M.J. Polvorilla

 

En todas las etapas de la historia hay personajes que encabezan gestas que hacen sacar pecho a los que con su misma sangre caminan. El Cid o Pizarro. Blas de Lezo o Moscardó. Cervantes o Goya. Hay tantos en nuestro haber, tantas almas que sirvieron -y sirven- de inspiración a una generación que rejuvenece al rememorarlas…

 

Y pasa lo mismo en los corrillos camperos, en las monterías cuando al amor de la lumbre rodean la candela los camiones de las rehalas. Ahí recordamos al célebre Pipo de la recova de Luis Higuero, a la Temerosa que venía de tierras de la Mancha, o al Turco o al Pirata que eran los presa más seguro de todos los tiempos.

 

Al amor de una guitarra en arenas del Rocío se habla de Duende o de Opus, se ha habla de Bizarro o de Nardo, hasta de Bucéfalo que temía su propia sombra y era propiedad del indómito Alejandro el Magno.

 

Desde lo alto de un puntal ocupando un portillo vislumbramos la gatera que con celo  vigilamos, imaginando el lance de nuestras vidas asemejándolo a aquel lobo inmenso de tierras de Jaén que sigue ocupando el ranquin nacional media centuria después. O al cochino soberbio que dio caza un extremeño hace casi el mismo tiempo y sigue sin encontrar sustituto.

 

Todos, cada uno en su campo, son referencias, motivan poemas o envidias. Habladurías para los débiles. Orgullo para los nobles de corazón.

 

Existe un moreno de piel y manos de acero. Es fuerte de remos y ancho de espaldas. Trabajador incansable, luchador indomable. Valiente no por lo que avanza, sino por lo que jamás retrocede. Además noble y generoso. Oficioso en sus labores sociales. Oficial a la hora de presumir de nación.

 

Poco se puede parecer el campo español al tenis. O quizá tengan mucho más en común: el aire libre, la perseverancia para no desistir en seguir escalando una cumbre para llegar al otro valle, la velocidad de un jinete para derribar un becerro, la destreza del perrero para ser veloz y acertado a la hora de rematar… La diestra de un guarda para centrar las reses en la mancha. O la zurda de un perrero para meter una collera de venados en un cortadero. Y todo envuelto en el sentimiento de sabernos los más privilegiados del planeta al cubrirnos una bandera por la que estaríamos dispuestos a dar la vida…

 

Tenemos un héroe nacional, de esos que hace historia a cada paso que da. Hace partícipes a todos sus compatriotas y enarbola con orgullo la roja y gualda. Señor sobre la hierba, rey sobre la pista y emperador sobre la arena. Ver levantar esa copa de Roland Garros es similar a cuando el matador eleva la espada porque ha indultado al toro, orgullo de cualquier ganadero.

 

  Le sobran juventud y arrestos. Solidario con todo aquel que tiene a su alcance. Su gesta debería reconocerse al ser el mejor tenista de todos los tiempos. Su prestigio, su peso en el deporte y su categoría como persona, también. Por ello todas las calles de las ciudades españolas deberían tener una con el nombre de un mallorquín que posee lo que ya ha perdido nuestra herida España: la izquierda hábil, potente y decidida que en compenetración perfecta con la derecha le lleva siempre al triunfo del torneo para orgullo del país, y no a la derrota.

 

Ejemplo de español. Insignia de su tiempo. Espejo de nobleza. ¡Vamos Rafa!