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Relatos Monteros: “LIBERTAD”. Por Lolo de Juan

LIBERTAD

 

A Jaime Espinosa de los Monteros, dueño de Kun.

A Sarah Kate Byrne, dueña de una sonrisa deslumbrante.

 

Dicen que la vida es el equilibrio de dos polos opuestos. Que los hielos de la Antártida se compensan con la sequedad de los desiertos. Y es que los extremos -sean de frío o de calor- siempre requieren de soledades.

Dicen que se puede ser libre en una habitación y esclavo ante una inmensidad. Que se puede volar en una cueva y quedarse inmóvil ante el abismo.

Una vez oí que puedes no oír nada en un bullicio y que te atronen los tímpanos en la quietud del silencio más solemne…

Qué raro es esto de vivir, que a los vividores se nos hace cuesta arriba cuando la cuesta abajo ya pasó. Cuando la renta terminó. Cuando el impulso de la juventud choca contra la mansedumbre de la edad. Que con cuantos más años cargas sobre la espalda, más quisquillosa, rencorosa e irascible se vuelven tus maneras. Y es que los años -como los truenos- suenan más cuanto más viejos son… Y los dolores y faltas se perdonan menos y se comenten más. Lo que con niños se olvida, con viejos se condena. Y no hay más.

Estoy viejo. Y acabado. Lo noté al subirme al caballo. Dos veces marré al meter la puntera en el estribo la otra mañana que fuimos a lancear. No es mi caballo, de acuerdo, pero sí son mis pantalones. No voy coordinado. Y punto. No es mi montura potrera, pero sí es mi cintura. Pero en este baile ninguno de los dos va a gusto. Y la culpa siempre es del jinete. Y no soy jinete ni lo seré en cien mundos. Pero el único responsable soy yo.

Para colmo hay un jamelgo que está dando la lata desde temprano. Tordo entero. NO muy grande. Nervioso y vivo. Tiene buena genealogía y un par de gestos de clase. Es hijo de Galgo y nieto de Nerón. Genealogía mucha. Tonterías más. Dos fustazos de hacen falta, insolente. Su amazona no soporta tanta energía. Tiene maneras y elegancia sobrada pero no ganas de pelear. Me piden que haga cambio para ser caballeroso una vez en mi vida. Accedo sin pestañear. Hoy no es mi día y lleve lo que lleve bajo las ancas va a estar fuera de mi alcance. Qué depresión…

Se llama Kun, de dos lustros de edad y sobrado en doma de polo. Es uno de esos jacos de pico alto, gamarra fuerte y que gira los pies en una moneda de medio dólar. Vamos a llevarnos bien, mamón, o te marco de carmín tu barriga de niñato a pincelazos de mis espuelas.

El primer encuentro no fue malo pues intentamos entendernos para no salir los dos escaldados. El día está nublado, pero poco a poco va saliendo el sol, pese a que mi espíritu está débil como las hojas de un otoño que termina. Estoy acabado, y como el batallador que vuelve vencido, intento mantener erguido mi ego y mi soberbia; lo único que abunda en mis pulmones.

Mascando las tristezas de una vida a la que no reprocharle nada, advierto que es el sabor amargo de una tarta que sólo tiene mieles y alegrías. Gran infierno le espera a los que no bendicen su suerte. Y voy el primero en la palestra.

Ahí estaba, distrayendo mis calumnias viendo un desmogue de venado de la pasada primavera, he levantado dos liebres y las torcaces vuelan como vuelan los seres libres: sin mirar atrás más que con una sonrisa.

Voy el último del grupo. Y el último en la vida. Los éxitos de todos me alegran, pero no dejan de ser un freno para amplificar mis fracasos. Alegrarse de la dicha ajena no está al alcance de los mediocres. Y lo que me enrabieta es no sentirme a la altura.          

Un arrollón de monte me vuelve a la realidad. Un gran cochino sale veloz de las zarzas buscando el perdedero. Lo canta el capitán. Esquiva a sus perseguidores, se zafa… Regreso al mundo del que nunca debía de haberme ausentado. Tomo confianza sobre la montura. Aprieto rodillas, suelto rienda. Vamos a ver de qué estás hecho, chaval. Y el jamelgo que llevo bajo las patas sabe que hoy tiene un mandato divino…

Nunca vi nada igual. Lo juro.  En un barbecho calado hasta las cejas, blando como un flan recién salido del horno. Como ese caballo pendejo de seis trancos adelantó a siete caballos con una agilidad y soltura nunca antes vista. Como el urogallo sobre una débil rama de abeto que usa de pedestal para girarse elegante y no moverla ni un milímetro. Aquello no era correr, era volar bajo. Entre piedras y zarzales, bajo encinas y enebrales. Kun se bebe la vida a tragos largos y su energía me sube por las ingles hasta la garganta. Regreso a la vida, regreso con la adrenalina que me faltaba para bombear el corazón que está a punto de estallarme. Ofender a Dios es no aprovechar este momento….

El marrano está a punto de perderse, monto la lanza dispuesto a partirme el hombro en cien pedazos… Faltan pocos metros y el caballo, lejos de flaquear, me puso en bandeja de plata seis raciones más de huevos…

Una vez oí que la vida son dos trancos y no sabemos si ya hemos galopado uno y medio. Si estás perdido, piérdete más en la soledad del campo…  Y échate un caballo de compañero. Allí -y solo allí- encontrarás sentido al espíritu y razón a la vida. Y esa aureola que envuelve a ambas llamada libertad.

 Gracias Kun.

M.J. “Polvorilla”