RELATOS MONTEROS: EL CIERVO Y EL MAGYAR. RECUERDOS DE CAZA EN HUNGRÍA. Por Álvaro Álvarez

08/10/2018

Adjuntamos un interesante artículo sobre la caza en Hungría que se publicó  la revista belga “CHASSE ET NATURE” donde este veterano cazador español narra su aventura en tierras húngaras tras los grandes ciervos centroeuropeos.

 

EL CIERVO Y EL MAGYAR                                                              

El magyar, idioma húngaro, se pierde en lo recóndito un poco de la mano del finés y del vascuence. Estas lenguas son habladas rara vez por alguien que no haya nacido en esas tierras o se vea obligado a aprenderlas. Fuera de los circuitos turísticos, en la Hungría profunda, pocas personas hablan otra cosa que el magyar, quizás un poco de alemán los mayores o ruso los más jóvenes y algo de los dos idiomas los de edades intermedias.

Fui en 1.986 a Hungría a cazar, en plena berrea, esos inmensos ciervos rojos que exceden en tamaño y trofeo a todos sus primos europeos. En un viaje agradable transitamos por las casi vacías carreteras húngaras de aquellos años hasta llegar a Vasvar, donde debíamos presentarnos los cazadores, último lugar civilizado antes de salir hacia los bosques de la reserva. Vôrik, el guarda mayor de la zona, estaba en la presentación oficial rodeado de sus jefes. Uno de nosotros, Guy del Mármol, sabía alemán y gracias a él se pudo dejar en claro todos los puntos de intendencia, acomodación y cacería. Me sorprendió el protocolo de la entrevista: las reverencias germánicas cada vez que aceptaban una de nuestras sugerencias o lo ceremoniosamente que se nos ofrecía café o aguardiente. Todo era de una educación exquisita pero con sabor a guardado, educación rancia, conservada pura en su ambiente casi comunista por falta de contaminación moderna. 

Aclarados todos los pormenores nos trasladamos a una pequeña y rústica casa de madera en medio de espesos bosques de pinos, hayas, abedules, acacias y robles enormes. La casa reunía en realidad todas las comodidades mínimas, pero solamente eso, las mínimas  exigibles: luz eléctrica y agua caliente. Había una gran televisión en blanco y negro, que daba una imagen casi visible. La comida, aceptable y sana, tenía como base la patata aunque los embutidos eran sosos e insípidos.  Una vez nos dieron un gulash francamente delicioso. El único vino que nos dieron era tremendamente ácido y nos  mal acompañó en las comidas dos días después de que  se acabase sorprendentemente el que llevábamos, aparentemente en cantidad suficiente para nosotros tres. En whiskey fuimos más previsores y nos duró hasta el regreso.

La comunicación era nuestro mayor problema. Los tres cazadores éramos acompañados cada uno por un guarda. Como los otros hablaban algo de alemán y mis compañeros también, me dejaron con Vôrik, que no hablando nada que no fuese magyar, decidieron que era lo mismo para mí.

Vôrik era parlanchín. El magyar brotaba de sus labios en un monólogo incesante. Solo podía entenderme con él a base de señas muy básicas e internacionales, como llevarse el índice a los labios para requerir silencio; bajar la mano con la palma hacia abajo suave y repetidamente para pedir quietud; o las normales de hambre o de sed. Lejos de amilanarse por esto, conversaba.

Vorik sin cesar dando la impresión que yo era su confesor. Hablaba apasionadamente, creo yo que de temas cinegéticos, con señas y aspavientos que a veces daban miedo.

Las salidas eran a las 03:30 de la mañana. El viejo todo-terreno ruso saltaba por las trochas del bosque, esquivando los tocones y los árboles caídos, que a duras penas veíamos con la débil luz amarillenta de sus faros bizcos. Emprendíamos seguidamente la marcha a pie parándonos cada vez que oíamos el emocionante bramido de los enormes ciervos, aprovechando entonces Vôrik para, con voz queda y en magyar siempre, darme su opinión que obviamente nunca pude entender. La hora, el bosque cerrado y lo poco que veo, hacían que me pegase a él en la marcha para no perderlo. Vôrik, era el único eslabón que me permitiría regresar a Sevilla. ¡Sin él estaba perdido…!. La poca claridad que despedían sus pantalones claros era captada por mis miopes ojos solo si estaba a menos de un metro de él, por lo que caminábamos a una distancia  incómoda para mi guarda, que no hacía más que mirar de reojo para atrás. 

Un día, mejor dicho una madrugada, en plena marcha, Vôrik me hizo señas de que parase. En silencio escuchamos un ruido de pasos que se dirigían inequívocamente hacia nosotros. Los pasos, cada vez más cercanos, hicieron que Vôrik, nervioso, aprestase el rifle. Contagiado de su nerviosismo me pegué instintivamente a él, protegiéndome con su cuerpo. Al final el encuentro: un enorme jabalí,  como un ternero de grande, casi choca con nosotros, estallando en gruñidos terribles con cierto dejo de miedo por la sorpresa que se llevó él también. El viento favorable había despistado al verraco, impidiendo que el olor le avisase a tiempo de nuestra presencia. Todos, jabalí, Vôrik y yo, nos llevamos un susto tremendo, pero Vôrik además me tenía colado a él, por lo que educada pero enérgicamente, se despegó de mí reluctante y con un cierto nivel de duda hacia mis preferencias sexuales.

En otra ocasión, en pleno día, de regreso y relativamente cerca de la casa, nos sobresaltó el ruido de una galopada. Una cierva casi como una mula de grande, con los ojos desorbitados y aspecto de loca, empezó a dar vueltas a toda carrera alrededor nuestro, a no más de una decena de metros. Dio tres vueltas y desapareció después por donde vino. Vôrik se llevó el dedo índice de la mano derecha a la sien y lo giró varias veces de forma inequívoca.

Llevábamos cuatro días saliendo mañana y tarde y nunca nos dieron oportunidad las avispadas y vigilantes hembras de acercarnos. Los ciervos, ciegos de ira reproductiva, enloquecidos por los berreos de los otros machos competidores, berreaban a su vez  con espasmos terribles y convulsivos, soltando por la boca verdaderas fumarolas de vaho corporal. Hubiese sido muy fácil aproximarse a ellos, tan absortos como estaban con sus historias de amor, pero las hembras, más pragmáticas y juiciosas, vigilaban atentas. El quinto día, a solo dos del regreso, íbamos, en plena oscuridad por el tenebroso bosque, marchando juntos a menos de un metro de distancia. Llevaríamos más de media hora andando cuando se volvió Vôrik y en magyar y en voz muy baja, me dijo algo a lo que yo, como habitualmente hacía, asentí con la cabeza. Reemprendimos la marcha seguidamente, pero no hicimos más de unos metros juntos cuando nuevamente Vôrik empezó otra vez a hablarme, esta vez con voz un poco más alta. Final de la conversación y nuevamente emprendimos la marcha. Vòrik, no habiendo recorrido  más de dos metros, volvió a pararse y esta vez en un tono perentorio, inusual en él, me habló casi un minuto sin parar, emprendiendo seguidamente la marcha a paso tan ligero que apenas me dio tiempo a saltar para seguirlo, guardando la distancia habitual en nuestros desplazamientos nocturnos. La reacción fue tremenda por lo inesperada. Vôrik me gritó, me tomó por las muñecas y tiró de mis brazos hacia abajo en un gesto enérgico que interpreté claramente como su deseo de que me quedase clavado donde estaba,  y casi antes de que me diese cuenta había desaparecido de dos zancadas en medio de la oscuridad. Por los ruidos y borbotones que se oyeron a continuación, comprendí porqué Vôrik, en busca de la soledad debida, había reclamado tanto la discreta distancia que yo  le negaba. Fue un “apretón” épico lo que le obligó casi a ser grosero.

Más tarde, amaneciendo y a más de 150 metros, disparé en difícil posición a un enorme ciervo apenas adivinado entre un alto maizal. Desapareció este de un salto, haciéndome señas Vôrik para que, en calma, me fumase un cigarrillo esperando respetuosamente por darle al ciervo la oportunidad de tener una muerte tranquila sin relación con su peor enemigo: el hombre.

Pasados quince minutos nos dirigimos al sitio estimado del impacto, barriendo el suelo con la mirada en busca de algún rastro de sangre que indicase al menos que estaba herido. A medida  que pasaba el tiempo veía la decepción en la cara de Vôrik, que para entonces creo que ya había perdido toda confianza en mí. Sin parar de hablar en su jerga y en mímica clara preguntaba insistentemente si había disparado bien, si estaba seguro de haberlo herido. Yo intentaba por señas  también convencerlo de que así era, aunque la verdad es que empezaba también a dudar de mí mismo. De pronto le grito a Vôrik mostrándole  excitado una piedra plana que había recogido del suelo con una pequeña gota de sangre. Me obliga entonces a quedarme en el lugar, dejándome como punto de referencia, mientras él continúa buscando nuevas huellas en medio del maizal. Otro grito y corro a situarme donde ha encontrado más rastros de sangre. Se pierde nuevamente Vôrik en el maíz y de pronto empieza a gritar algo que todavía recuerdo con gran emoción:

    –  ¡ ALVARO, ALVARO, JÄGER, JÄGER…!.

Corro y veo la masa desmadejada de un enorme ciervo rojizo, con una cornamenta increíble, casi perfecta. Vôrik me abraza cariñoso y sincero, orgulloso de mí. Después se fue con el jeep a buscar un remolque y ayuda. Yo, a solas con mi ciervo y mi conciencia, casi a punto de llorar de orgullo y pena, pido perdón por lo «bajinis» en oración improvisada.

Los tres cazadores conseguimos trofeo, dos medallas de plata y una de oro, a quién más lo merecía, a Yves. La celebración fue épica, acabando casi con todas nuestras provisiones de alcohol, lo que nos lanzó en una euforia patriótica de vivas a Bélgica, España y Hungría.

Hay que volver, entre otras cosas porque vi la mayor piel de jabalí de mi vida, que al principio y por su tamaño, confundí con la de un oso. Tuve también el privilegio de ver el venado más grande de mi vida. El último día, antes del viaje de regreso, me subí por la mañana solo a la torreta de un mirador para observar la naturaleza con mis prismáticos. A la hora fui recompensado ampliamente al verme venir a lo lejos un enorme venado con una cornamenta de entre 20 a 30 puntas y un grosor en las coronas que indicaba claramente que se trataba de un animal viejo, pero que aún imponía respeto a sus congéneres, Dos venados jóvenes que para seguir camino debían pasar necesariamente delante de él, retrocedieron nerviosos hasta que uno le echó valor y al galope cruzó por delante, pero el otro venado, un vareto inexperto, aterrorizado por el miedo de su compañero y la arboladura del viejo, se lo estuvo pensando por unos segundos hasta que dando saltos como una gacela, se atrevió a pasar. No hay duda que los ciervos admiten la superioridad de otros cuando valoran la cuerna del enemigo en proporción a la propia. Para mi recuerdo pude grabar en video esta escena.

Buen país, buena caza y buena gente….

Esta cuerna preside la sala de mi casa y obviamente renunciaría antes a mi cama que a ella.                

                                                  

                                                Álvaro Álvarez

 

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