Monterías en Sevilla, Pasión Morenas
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Relato Montero: El Califa de Los Castaños.- Por M.J.Polvorilla

 

EL CALIFA DE LOS CASTAÑOS

A Piedad Martos.

Qué imagen, pues vi al más salvaje y esquivo a cuatro saltos de las herraduras de mi montura. Ahí estaba. Haciendo lo que siempre hace para huir como siempre y no aparecer nunca. Qué agridulce es esto de meterse en la maraña del monte como un elefante por una chatarrería, a lomos de un caballo imponente y con cien colleras de perros. Como si todo fuera mío. Aquí estoy yo y mis delantales… Y marco mi ley. Pero cuanto más grande te crees más gorda es la caída. Y no, no hablo de sacudirse el polvo de las costillas. Hablo de tragar buches de bilis para hacerte pequeño -muy pequeño- y darte cuenta de que a la Sierra se le llama de usted. Y te da o te quita lo que quiera sin aviso ni ecuación. Sin razón. Es indiferente que seas bueno o malo, libertino o cohibido. La Sierra se pasa por la falda lo que quiera y te pasa por la piedra cuando quiera también. Y no hay más.

              Soltamos en el “Cabezo del Robledal” para cazar al choque. Van más perros que borrachos en una feria de romanos. Las reses corren sierra abajo directas a matarse unas contra otras y las escopetas no enfrían en una mañana que no aprieta el sol. Disparos y ladras. Salta un vareto al camino. El caballo no puede bombear más sangre en sus pechos. Qué locura es esto de liberar colleras en un entorno tan salvaje por mucho que queramos conquistarlo. Porque hay quimeras que nunca se pisan, ni paraísos que se tocan. Será por eso que muchos vivimos de ilusiones y nos alentamos de proyectos que son paja contra el viento.

              Me retraso un poco, siempre me gusta quedarme zaguero para ver el trabajar y devenir de los canes. Ese barullo inmenso se va diluyendo, aunque de vez en cuando se aviva como una candela que recibe el soplo adecuado para echar a arder como cuando se prende una aulaga seca.

              Talibán envela fijo en el camino… Y cruzó, como cruzan los mohínos o los trúhanes, como actúan los pícaros o ladrones, los que vienen de pecar o a pecar se dirigen… Iba ligero y prudente, un poco cabizbajo, más que por vejez, por disimulo. Pero nos cruzamos las miradas. Zurdo de cuernos, cerrado en coronas y acorazonado de candiles. Era él y sólo él. Y lleva casi dos lustros haciendo lo mismo y un servidor en un solo día ha descubierto su secreto más profundo: su existencia. Siguió al trote y se esfumó. Un perrillo trajo su rastro, pero volvió al rato. Por la radio me preguntan que qué era aquella huida de la mancha que cantaba el burraco “Lucero”: fui escueto y sin vaciles: una cierva. Sigamos cazando pues.

              Pasan diez meses. Trescientos días. Nueve lunas y media. El mohíno está agotado de plantar cara en la plaza donde ha conquistado a su enjambre de reinas. Otros machos intentan darle batalla, pero no lo consiguen. Llevo varias semanas viéndolo, cada vez más descarado, y hasta me mira con desafío instándome con su semblante a plantar lucha si fuera preciso. Qué locura es esto del amor que a los amantes domina. Al más cauto le vuelve descarado. Al más cobarde bragado. Al más tirano, tirano seis veces más.

              Necesito un candidato para cumplir el sueño de una montera. Y hay varios en cartera, pero el último es el Califa del Castañar. No quiero que lo vean. No quiero que le maten. Quiero ver si esa locura de ahora se mantendrá en la prudencia de los meses venideros. Quiero saber si con la madurez uno se vuelve más cauto ante la lujuria del poder. Si es un colapso que abraza a todo bicho de sangre caliente. O quizá es que veo en ese ciervo a tantas personas tímidas para la vida y valientes para el amor. Pero mi quiero no es mi puedo. Y el destino es el primo hermano de la Sierra, y ellos juegan a los dados sin mirar al tablero. A lo que salga. Y se ríen con el resultado.

              Hemos intentado dos entradas en dos lugares distintos. El cielo se quiebra con cada bramido, pero los venados no dan la cara. Mañana lo seguiremos intentando. Hoy está la baraja rota y partimos hacia el cortijo entre dos luces. De pronto, cuando los pasos ya no se camuflan sentimos el ronco alarido del Califa, de ese loco que no quiere ceder el testigo a los amantes que intentan arrimarse a la piara de ciervas. No debía estar allí, su sitio era otro. Se había movido al otro cerro a seguir plantando cara a aquel que se le arrimara… Y delante de nosotros estaba, insolente, sujetando la corona que iba a estar a punto de derrocarle… Zurdo de defensas y altanero en maneras. Despuntado de contraluchaderas y embarrado de cieno y adrenalina. Ya era tarde para echarse atrás…

              En la guerra, en la caza y en el amor, sin posesión no hay victoria.

M.J. “Polvorilla”