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Relato montero: SILENCIO. Por M.J. Polvorilla

SILENCIO

Hace calor. Subo a un puntal sin más rumbo que el de mis sentidos. Huyo del sol y de la calima. Quiero atalayar donde el campo se mece a mis pies, donde los castaños y cerezos se mezclan con unos robles que ya van vestidos de gala. Corre un poco de brisa en un silencio cómodo y solemne. Qué necesario es estar solo a veces para desnudarnos ante los acontecimientos. No se escucha nada en esta tarde de verano. Silencio. Silencio extremo. Quietud en ese infinito entorno porque algo grande ha ocurrido. Y a la Sierra infinita nada se le escapa. Vamos allá.

Silencio en las plazas. Que no se mueva un capote. En las besanas, los barbechos. Silencio en los valles y en las crestas. Silencio en las sierras extremeñas, desde Gredos a Villuercas, de Ibores a Toledo. Silencio a jinetes y lebreros, a perreros y furtivos. Callen jornaleros que recogen la cereza, que enmudezcan los barrancos y trampales, los que siegan y los que riegan. Que los hombres buenos y honestos sellen sus labios. Los de mano fuerte y valor sempiterno también.  Que se detengan los bravos que cumplen su palabra, los bragados que no conocen el cansancio, los amplios de generosidad, hondos de espíritu y grandes de corazón…

Callen los enérgicos y lanzados. Los soñadores que sueñan todos los días. Luto en los que todo apuestan por un amigo. Los que queman sus manos antes de ceder por la condena de uno de los suyos. Duelo entre los que echan la pata adelante cuando hay que hablar de Dios.

Quietud en los saraos donde un gitano arranca notas a una guitarra hablando de amor. Que levanten la mano los que se enamoraron para no volver a desenamorarse y los que saben llorar a cara descubierta… Y en pie los que no temen a nada ni a nadie cuando hay que defender al indefenso.

Paso al frente los huraños que huyen de lo superficial, los que gastan gestos sencillos. Los que sirven a los que siempre sirvieron y lloran por los que nunca fueron llorados.

Que callen todos, los ricos y los pobres. Los que beben champán o vino barato, caviar o tasajos, que tiran con bala o con postas loberas…

A todos pido silencio un segundo porque uno de los nuestros ha partido hacia lo eterno.

Y que ninguna buena mujer suba a secar las lágrimas de Nuestra Señora de Guadalupe. Porque hoy, más que nunca, se ha ido su hijo predilecto.

Descanse en paz, señor Joaquín Vázquez Alonso.

M.J. “Polvorilla”