Relato Montero: LOS TORROBILLAS. Por M.J. Polvorilla

14/12/2020

Talibán resopla en la cerca un poco aburrido de tanta inactividad. Pero el mundo nos ha guiñado un ojo porque vamos de montería a casa de unos amigos -más que amigos, familia- donde poder quitarnos las polillas de tanto sosiego y paz. Porque vamos dispuestos a darle lo suyo a la acción.

              No queremos rifles. Talibán es de lanza y un servidor de cuchillo de remate. El rifle es para los que son pacientes y saben aguantar la caza hasta tenerla encima. Es para los observadores y disfrutones del trabajo de los perros en la distancia, de los que atalayan cuerdas para otear horizontes y en lugar de una vara llevan una espingarda. El rifle es para los que saben estar en el puesto, quitarse el aire y aguardar con pragmática quietud a que entre la ansiada res que les priva del sueño mientras su corazón bombea tan fuerte que hasta duele los oídos.

              El rifle, el arco, la lanza o el cuchillo. Todos suman en conjunto y nunca restan por separado. Porque cada uno se marca un rasero y mi caballo prefiere meter los cochinos a galope en las posturas y que sean los monteros los que les ajusticien con tino y bien hacer en el monte.

              Pero es poco usual y hermoso ver un jaco cruzado tronchando jaras en donde las dos Castillas y Extremadura se miran a los ojos. Llevo mi lanza al hombro, prudente, pues no quiero participar más de la cuenta en un evento en el que mis perros no están presentes, por lo que allí soy mero observador. Voy camino de la suelta, en retaguardia, pues no quiero entorpecer la organización de las manos ni la localización de las sueltas. Pido ir zaguero para que los perros desfoguen y me pongo a la orden del Guarda Mayor y de un perrero que, sin conocerle, me resultaba familiar.

              Soltamos. Soltamos porque allí somos todos la misma familia. Los perreros y guías acarician a Talibán. Y los perros de collares naranjas amparan las corvas de mi caballo que se ve abrigado y noto la afición de los canes sabiéndose protegidos por los remos de mi montura. Sale un sol en una mañana de otoño donde el frío no hace mella pues la afición agita los corazones y palpita las sensaciones. Va un perrero en la mano, con boina roja de requeté, maneras fuertes y andares potentes. No es muy grande en talla pero ágil y recio como un chinato lanzado con una honda. Nos hemos hecho un gesto en la distancia de habernos visto en algún corrillo. Pero su cara me trae recuerdos de otros tiempos, quizá de otra vida. Pudimos compartir trinchera en alguna de las grandes guerras de nuestro tiempo pasado.

              La mañana avanza con varios agarres y muchos lances. Los perros del collar naranja son máquinas de cazar, de meter reses en los puestos y volver a la voz del perrero. Llaman a Talibán que, en la distancia los oye, y recibimos la orden del guía de acudir a rematar la caza. Pues a los perros hay que darles muerte a las reses que acosan y apresan. Siempre. Pues es norma fundamental para seguir fomentando su afición. Premio al trabajo. Palmada por el esfuerzo. Agradecimiento por ser nuestra herramienta para sabernos más humanos en la sierra y menos  máquinas en la ciudad. Jadeantes y fieles son despreciados a veces, pero los perros son más fieles que el más fiel de los amigos de dos patas.

              Talibán guiña, porque escucha a Tarzán y a Metralla ladrar en un hondo sierra arriba. Talibán acaba de conocerlos pero cuántos hay que nunca se han visto pero llevan toda la vida esperándose. La ladra se ha cuajado y lo tienen apresado. Pero justo tenemos otro agarre en el barranco más próximo donde una cochina está repartiendo a una punta de cachorros guiada por dos perros viejos que enseñan a los jóvenes que los derrotes son condecoraciones de guerra. Recibo orden del guía de acudir al primer agarre que tiene la montería en vilo. Picamos espuelas por aquellos berrocales. Acudimos al pleito que, ante nuestra presencia, hace que los perros se crezcan y empujen y aprieten quijadas ante la trifulca; sin duda Talibán es ya uno más de la recova.

              Me llaman por la radio: es el perrero de la boina roja, el requeté. Me impera que acuda a un agarre que está lejos pues un sobrecogedor cochino está repartiendo a algunos de los suyos. Se le oye fatigado y sus pies -ligeros siempre- están mermados por lo agitado de la mañana:

¡Corre a salvarlos!

              Parece que Talibán ha entendido la orden, pues una vez sacada la cochina a cargadero no ha esperado a que acabe de subir para salir volando a la otra llamada de los perros. Y los podencos cruzados de collares naranjas le amparan y abren paso a la llamada de sus compañeros.

              Tardamos poco en llegar: un cochino de más de cien kilos reparte estopa ante otros pocos que estaban exhaustos. Llegamos en silencio mientras por la radio me insisten que dé muerte a ese verraco que está poniendo en apuros a unos perros que poco más pueden pelear. Veo por el rabillo del ojo a un requeté, al perrero de la boina roja, que me impera que ponga fin al agarre. Talibán no me dejó apearme. Ese no era nuestro lance, ni nuestros perros, ni mucho menos nuestro cochino. Aquel podenquero agotado venía desde lejos a poner fin a una batalla larga y lejana. Descubrió su cuchillo y me lo tendió. Gesto de generosidad absolutamente improbable en las sierras de Dios. Me negué y esta vez le exhorté a que cumpliera su cometido, porque ese gran cochino había sido batallado por sus perros. Y a los perros hay que matarles la caza. Y debe ser su amo. Pero aquel cabezota insistía entre suspiros pues el aire no le llegaba…

              No accedimos. Es más, fue Talibán quien se puso de costado mostrándole la lanza para que la usara para firmar aquel cuadro de batalla. No se dilató más la discusión. El requeté tomó la vara, se acercó presto a la disputa donde pocos perros plantaban cara al intruso… Y firmó la hazaña como la firman los que aman la sierra y la Montería.

              Nos dimos un fuerte abrazo, los perros jadeaban junto al cochino espeluznante de cerdas largas y embarradas como el día. Se tendió junto a sus guerreros y acarició al tremendo patriarca de aquellas sierras. Sus perros hacían lo propio unos segundos, para tomar fuerzas y continuar con la caza.

              Se levantó ya recuperado, ágil y bragado, y quitándose la boina de guerrero, me tendió su mano y soltó:

-Mi nombre es Fernando Torroba.

              No le contesté. Me limité a sonreír y apretarle fuertemente la mano con afecto. Acarició a Talibán, se caló la boina y, con autoridad de comandante, organizó:

-Esperemos a los perros y toma la mano baja que yo desde arriba te iré guiando para que no te metas entre berrocales con el jaco, que ahí el piso es malo.

              Le sonreí de nuevo mientras obedecía su indicación. Me volví un segundo y le completé:

-Yo me llevo a un puñado de “Torrobillas” que ya se han hecho a Talibán…

              Soltó una carcajada, pues el nuevo bautizo de los suyos le agradaba.

              No hemos vuelto a vernos. Pero sin duda si quieres conocer a una persona dale dinero y poder… O también un cuchillo de remate. Señores así los da la escasez. Hasta pronto, “Torrobillas”…

              M.J. “Polvorilla”

 

 

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