Todomonteria

LANCES, FALLOS Y CALIDAD DE TROFEOS

 

El 31 de enero era una fecha señalada en rojo dentro de mi calendario particular. Dos años llevaba esperando para entrar dentro de las listas de esta montería que pretendía conocer dentro de mi querida Extremadura.

Los amigos Paco y Aaron de Mancha Ibérica venían con el precedente de haber pegado un puño encima de la mesa cobrándole casi sesenta jabalíes a una finca dura, muy dura de cazar, y si no, que le pregunten a anteriores arrendatarios.Ocho y media de la mañana nos daban cita al resto de mortales que no habíamos alzado el dedo para cerrar la cuerda contra Matallana, y es que, esto, ya es para valientes.

El cortijo de la finca nos recibía en un día, que parecía de ensueño, lejos de las copiosas lluvias de días anteriores y previstas para días posteriores los regachones escupían agua a raudales y la pequeña presa que está justo debajo de la cancilla de acceso al cortijo manaba agua vertiéndola al arroyo, todo un lujo.

Unas magníficas migas nos esperaban mientras Aaron terminaba de repasar la lista antes de comenzar con las últimas indicaciones a los allí presentes.

Prudencia a la hora de jugar los lances, dado que la mayoría de los puestos están en aceros y mucha suerte nos deseaba a la vez que comenzaba a sortear primero los tres cierres que restaban por salir.

La lista iba corriendo y el amigo David junto a su socio Alberto partían en el primero de los cierres que subía directito a la cuerda por uno de los aceros. Acto seguido lo hacía mi otro amigo Alberto junto a su hermano que ocuparían puesto de sopié, con un paisaje de dehesa totalmente distinto al que tendríamos el resto del grupo.

Los nervios iban en aumento y Alba junto a Fran irían a la traviesa del camino y cuando me quise dar cuenta Alberto Covarsí y un servidor todavía no habíamos sorteado, quedaba la última de las traviesas, un acero que subía directo a la cuerda.

Un nombre, otro nombre, otra tarjeta menos, y otra y por fín, último puesto y me nombraban a filas, no había mucho donde elegir, el uno de la traviesa del Mortero que montaba el amigo Trujillo.Partíamos inmediatamente dado que éramos lo últimos que quedábamos y los amigos Paco y Aaron se encargaban de organizar las rehalas.

Once menos cuarto cuando dejábamos los coches y once en punto cuando llegaba a mi puesto, no sin esfuerzo y caras de angustia. Me dieron ganas de cambiarle el puesto a Roberto Villa por lo pronunciado de la pendiente, pero llevaba el dos, no merecía la pena, era solamente tomárselo con calma.

Mientras cargaba fatigado el rifle y subía a marcarme un poco con el amigo Roberto y familia que quedaban en el dos, no dejaba de acordarme de Covarsí que llevaba el seis. Menuda “sudada”. Pero lo bueno siempre suele ser arriba, mientras más cerca de San Pedro mejor…

Once y cuarto cuando pasaban los furgones de los perros camino de la suelta de Navaltravieso y ya algunos disparos se producían dispersos por la mancha, sobre todo en la cuerda de Matallana y un puesto que tenía metido en un barranco encima de unas peñas.

Quince minutos más tarde se abrían los portones y comenzaba la fiesta en un día de sol espléndido que nos iba a deparar una magnífica jornada de caza mayor.

Poco tardaron los perros en dar con los primeros encames y producirse las primeras carreras y ladras. Así, el puesto de los peñones volvía a disparar y posteriormente la traviesa del camino que la tenía debajo. Concretamente el primer puesto se hacía con un jabalí que quedaba inerte en mitad del camino. Poco tardaría en completar su doblete y algunas ciervas le cumplían sin jugar lance con ellas.

Idem me pasaba a mí, que con una ladra abultada esperaba acontecimientos en el acero cuando al mismo aparecieron una cierva seguida de su gabata, pasando en dirección al cierre. Como ocupaba puesto de traviesa, decidí no jugar lance con ellas.
No mucho tiempo después, sentí y a pesar del fuerte viento que durante todo el día nos azotó, como un animal se aproximaba sin perros al acero, pero quedó parado unos metros antes de salir. No tardó demasiado en darme su olor, ese característico olor a macho en celo que todo aguardista sabe reconocer, los pelos se me erizan aún con la carne de gallina cuando recuerdo su olor, estaba cerca, muy cerca y podía casi sentir su calor, apagué despacito la emisora para que no la escuchase y quedé como piedra de sal.

Pasaba el tiempo, pero sabía que estaba ahí, porque lo olía cada vez que el viento amainaba en su fuerza, lo tenía franco y no cabía posibilidad de revoques.

Ya habían disparado en el tres de mi armada y otra cierva había cumplido suelta al dos que la había respetado. Cuando se inició otra ladra en la lejanía y se acercaba al corte del Mortero. Cada vez más cerca, ya escuchaba el crujir de monte, el vareto fue a romper al raspadero a tan solo unos metros de mi, era precioso y pasó como alma que lleva al demonio buscando de nuevo el amparo del monte del otro lado del corte.

Fue entonces cuando se declaró, venían con él dos podencos de color blanco y negro y cuando venían con la ladra por donde había roto el vareto el cochino los embistió. Allí intentaron pellizcarle pero se defendió y huyeron, huyeron del caballero. Pensé que iba a romper al raspadero, pero no fue así. Permanecí en guarda largo rato apuntando hacia abajo y con la intención de disparar en cuanto lo viese, porque se me metía contra los coches de la otra armada y no podría repetir.

No fue así, poco tiempo después unas ramitas moviéndose y su característico olor volvió a hacerme compañía. Estás ahí pensaba para mi, mientras aguardaba acontecimientos.

Seguían ladras y disparos tanto por arriba como por abajo, lejanos y cercanos. Dos perros traían una ladra ahora de la parte opuesta, de nuevo esperaba atento cuando un tropel de res me puso en alerta, ahora por la parte baja del puesto. Tendría que dejarlo pasar de medios adelante para disparar por lo comentado antes de los coches.

Ahí que saltó de nuevo mi amigo el vareto que volvía a la querencia. Un tiempo prudencial después, saltan por su corrida un podenco oscuro sin campanilla que me hubiera dado un susto de aupa de no ser porque lo había escuchado latir momentos antes y un dogo, bien armado con su chaleco protector bandera de España al costado ¡Olé ahí!, siguiendo el rastro. Quedaron dubitativos un momento pero pasaron el acero en dirección a donde se encontraba mi amigo el cochino. -¡Ahora te vas a equivocar!, viene la “Legión”.

Se comprende que a los dos “perritos” les dió el aire del morondongo y vinieron a ver qué tal estaba en su plaza, pero éste no aguanto ante aquella estampa, debía de haber tenido más de una batalla mi amigo porque con un “chas”, lo escuche levantarse mas fino que el coral.

Esperaba por si le daba por atravesar el acero, el perro negro que late, una ladra que baja de arriba a abajo y este que decide saltar el acero entre Roberto Villa y el tres, soltándole ambos una salve al alimón sin éxito. Era bueno, muy bueno, al menos grande, muy grande y cano, muy cano.

Así ponía punto y final a mi relación con aquel bichito al que ya le había cogido cariño.

La montería seguía y se producían varios agarres, hasta tres al mismo tiempo y es que había guarros, muchos.

Volvía a tirar el tres o tal vez el cuatro de mi armada, y al momento la armada de debajo.

Otra ladra en nuestra dirección, aquello era un no parar, se acerca, me preparo y salta un jabalí entre Roberto Villa y un servidor, justo por la mitad que habíamos marcado para disparar ambos, y al igual, ambos disparamos al alimón volándole la boca al marrano que seguía su huida canal abajo con toda una rehala que le comía el rabo.

Poco tardó en sonar el disparo del amigo Julio Rodríguez Utrero, que le ponía fin a la carrera del navajero.

Llegaban los perreros al corte y había que cambiar de posición en el acero, así que mochila a cuestas y cambio de tercio. Todavía le daría tiempo a la armada a tener dos lances más antes de que volviesen los perros de vuelta y de nuevo al primer lugar. Es lo que me mata de los aceros. Por eso no me gustan.

La montería languidecía cuando las rehalas iban llegando a los remolques pero fue justo ahí, cuando la suelta de Navalconejo volvía a levantar jabalíes de los zarzales próximos y de nuevo se activaba la fiesta, así, una cierva cumplía al cinco de mi armada y un jabalí al cuatro que jugaban lances infructuosos con ambos. A un servidor adivinad. Mi amigo el vareto se paseó de nuevo por allí. ¡El año que viene te lo contarán amigo!

Terminaba la montería con más de ciento veinte disparos contabilizados a pesar del aire y con la sensación de no haber aprovechado las oportunidades. Nueve lances en nuestra armada para cobrar un solo jabalí.

Una magnífica comida nos esperaba en el cortijo mientras se sacaba la caza, algunos animales muy difíciles de acceder.

Al plantel se sacaron un total de veintisiete jabalíes, destacando cinco de ellos y sobre todo uno al que de no ser por la rotura se le podría echar el metro, pero lo realmente destacable fueron los cuatro venados medallables que se cobraron, dos de ellos en la misma postura, sin duda un puesto para recordar toda la vida, al igual que uno de los de la cuerda con seis jabalíes abatidos. Venados fueron nueve en total y siete ciervas que los monteros respetaron porque había caza y mucha.

Fte: Carlos Casilda Sánchez.

 

FICHA DE LA MONTERÍA

 

MONTERÍA: HOYA DEL MORTERO

ORGANIZACIÓN: MANCHA IBÉRICA

MANCHA: Entera
Localidad: Alía (CC)

Fecha: 31-01-2026

P: 45

R: 16

Cupo: Libre

Tipo Finca: Abierta

Nº Has. Monteadas:  600

 

Resultado:  

V: 9 (4 homologables)

J:  27 (5 Navajeros)
H: 7