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Relatos monteros:


                               SILENCIO EN  LA MEDIA HOYA

El viejo reloj marcaba las dos y treinta y cinco de la tarde, estábamos monteando El Cubillo, y nuestro puesto era el número seis de la armada La Media Hoya. No me gustaba mucho el sitio y, no precisamente por que careciese de belleza, si no por encontrarse pegado a una malla pero, pese a todo, teníamos ya en el suelo dos venados y nos habían entrado algunos mas junto con un gran cochino que fallamos.

Mi amigo Antonio Ramos se encontraba intranquilo, había abatido uno de aquellos venados, pero se le fue el cochino, y aquello le supo a poco. Esperaba con ansias la última hora, esos momentos en los que parece que ya no hay nada que hacer y en los que una esperanza remota se deja entrever entre el pesimismo absoluto.

El sol se escondía poco a poco bajo aquellas nubes que presagiaban el desastre. Nuestros rostros, que se calentaban al sol de aquella mañana de octubre, se volvieron grises y los Verderones, que con su piar revoloteaban de jara en jara, callaron. El silencio se hizo en la sierra, tan sólo, a lo lejos, se escuchaban los disparos perdidos de un buen día de caza. Se levantó aire y permaneció así unos minutos, hasta que los rayos del astro hicieron presencia reflejándose, de nuevo, sobre aquel manto de jaras y chaparras que teníamos delante, como si se turnase con el gris que producían las nubes, y en definitiva fuese una lucha entre el bien y el mal.

De pronto, en silencio, y por nuestra izquierda, vimos como cruzaba nuestra postura una cierva zorreada con su gabata. Esa imagen de ternura que contemplamos en multitud de ocasiones, que se nos hace muy común cada vez que monteamos, se clavo en mi retina y en la de los que allí estábamos presentes. Estaba encantado con que mi compañero Pablo Puig pudiese disfrutar por primera vez de momentos como esos, pues en la caza no todo es abatir como ya sabéis, también hay que saber apreciar situaciones tan simples y a la vez tan elocuentes. Pero esta vez, todo lo bello que tenía aquel cuadro se tornó angustioso, lleno de impotencia y soledad. En aquella zona, a pocos metros de donde nos encontrábamos, habían soltado las rehalas y, como siempre ocurre, los perros perdidos acaban deambulando por los alrededores de los remolques y camionetas. Verdaderamente aquella era zona pantanosa para cualquier animal que se aventurase a cruzar nuestra “Media Hoyita” y mas aún, teniendo la malla a nuestra diestra. Pero aquella brava madre, perdida y agotada por buscar una salida inexistente, lo hizo con la mayor valentía y desgracia a la vez. Yo desde mi interior deseaba transmitir una idea de equivocación, como si de alguna manera, por alguna fuerza extraña pudiese comunicarme con ella, pero era ya tarde, estaba metida en la boca del lobo. De repente, escuché un perro ladrar, volví a recogerme en mi interior y me dije a mi mismo “ojala sea un perro embustero”, pero no, aquella ladra volvió a retumbar en el hondo del barranco y esta vez de forma mas insistente. Ladró otro perro y, entre los dos, turnaron sus voces escandalosas detrás de aquella desgraciada madre parida. El silencio del monte se perdió entre el romper de jaras y los ladridos de aquellos dos hijos de mala madre, poniendo música a lo que parecía el final de un día de montería.

No podía ver aquella refriega pero, en voz baja, no paraba de repetir aquella frase que no hacía mucho descubrí en un libro: “contra los perros como las ciervas valientes”. Y es que siempre dentro de mí ha nacido un sentimiento de revuelta contra lo injusto, nada deseaba más que aquellas dos criaturas encontrasen la manera de burlar a los dos canes y, más aún, cuando pensaba en la pequeña, aquella gabata atrasada del mes de Mayo que solo había podido vivir una primavera.

Y ya les digo que existía aquella tarde de octubre una química extraña, algo que se comunicaba con mi mente, intranquilizándola, alertándola… sólo unos segundos después de que aquella idea atravesase mi sesera, empezaron a escucharse los angustiosos berridos de la cervatilla. Me estremecí. Aquellos sonidos se iban agotando poco a poco como campanas que tocan a duelo. No podía ver nada y, ante tanto desconcierto, decidí asomarme al camino que tenía a mi derecha, que bajaba pegado a la malla hasta el riachuelo que corría en el fondo del barranco y desde donde la vista era más descubierta. Aún no sé por que lo hice. Aquella escena que vivimos algunos de nosotros siempre que “andamos monte”, se me hizo más difícil que nunca. La madre yacía muerta en el suelo y los perros habían atrapado a la pequeña.

La adrenalina se hizo dueña de mí ser, ni siquiera me dio tiempo a razonar si me encontraba en una postura peligrosa, corrí barranco abajo entre las voces de mi buen amigo Pablo y las de mi hermana Conchita, que se preocupaban por mi persona. Ellos no recordaban las palabras del postor: “er puesto e mu seguro, podei tirá en tó lo que vei poque detrá de la lomilla aquella no ai naiden puesto, lo junico e que tengai cuhidao con el viso”. Y así era, ya que al tener forma de media hoya, todo lo que veíamos y, mas aún el hoyo, era nuestro tiradero, por lo que ningún otro montero podía disparar en mi dirección.

A mis pies se iba terminando el camino, resbalaba por aquella ladera del barranco sin quitar ojo a la que tenía en frente, donde se estaba dando aquel doloroso suceso que desgarraba mi alma. Cambió el terreno al pedregoso propio de los riachuelos de Sierra Morena, en los que la piedra lamida por el discurrir de las aguas forma un cauce casi en bloques enterizos. Crucé de un salto y con la fuerza que me quedaba todavía de aquella sustancia me enfrente con la costera que subía.

Tan solo me faltaban unos metros para alcanzar a las dos fieras. Los ojos de aquella pobre criatura estaban desorbitados. El más cobarde de ellos la tenía agarrada por detrás, dónde confluyen los dos jamones, y el otro estaba enganchado a su cuello, asfixiándola. Me deshice del primero, pegué unas palmadas en el collar y rápidamente la soltó, pero el otro, que no dejaba de ser un buen perro y a la vez un canalla, no soltaba a la cría. Agarré sus mandíbulas y, forcejeando con él unos segundos, conseguí que soltase el endeble y fino cogote. Me la eché al pecho confiado en tranquilizarla; el corazón le latía de tal forma que parecía que iba a explotar, la garganta la tenía perfecta, solo el jamoncito albergaba una pequeña dentellada que manchó mi mano de sangre. Bregaba conmigo como si yo fuese uno de esos perros que la habían atrapado y no me daba cuenta que para ella yo era otro extraño, un enemigo.
Caíamos al suelo los dos, ella sacaba fuerzas de flaqueza y yo no sé de donde, por que verdaderamente estaba agotado. Entre tanto los perros seguían detrás de la presa. Pegué algunas voces para asustarlos del lugar, así podrían dedicarse a mordisquear el cadáver de su primera víctima. Al fin la solté, pensé que se perdería entre la maleza pero no fue así, se estalló en la malla como un carnero, su cabeza quedó metida en uno de los cuadros y luchaba contra ella con el peligro de desnucarse.

Pablo acudió a mi llamada, bajaba por el terraplén a toda prisa, resbalando, y entre los dos, él por patas y yo por manos, la llevamos hasta el riachuelo, donde había un pasa-aguas que daba puertas a terrenos de Navahonda. Salió despavorida, con el trote característico de las reses que corren y no saben por donde tirar. Aquella pobre cervatilla presenció la muerte de su madre y, lo que pudo ser peor, el enfrentamiento que casi le cuesta la suya. Nosotros mirábamos como se perdía en la espesura, orgullosos de haberle proporcionado esa segunda oportunidad que le daría una nueva vida.

Volvíamos cansados a nuestra postura, pero con el sentimiento de haber hecho lo que teníamos que hacer. Miraba a Pablo, sonreía mientras sentaba sus posaderas en el banquillo. Yo me recuperaba de aquella cuesta en cuclillas, cabizbajo y jadeando, estaba completamente agotado pero, no preguntéis por qué, palpaba la victoria completa.

Pasaron unos segundos, el monte parecía en calma, levante la cabeza y de un vistazo revisé el tiradero, no podía creer lo que mis ojos veían. Un cochino salía, exactamente del lugar donde habíamos estado luchando con aquella gabata, subía rápidamente por la costera de enfrente. No salía de mi asombro, me inundé de nerviosismo, y sentado en el suelo, bajaba mis manos a derecha e izquierda buscando el arma. Susurraba a los que me acompañaban “que dónde estaba el rifle” y, cuando al fin lo encontré, me erguí, apunté y de un certero disparo dejé a aquel jabalí en la fila del monte, donde las reses te dicen “hasta luego” si logran cruzarla. Y es que “obras son amores y no buenas razones”. Aquel día la Virgen de la Cabeza premió nuestro acto con ese último lance, cuando ya se escuchaban las caracolas.

 

José Manuel Blanco Rodríguez.