arte

Poesía montera

EL RINCÓN DE CANDILES

El montero ciego

Se le hizo la noche
aquel día de San Nicolás.

 De pié
en la postura,
entre negros chaparros
a la espera de las reses.

 Ciego se quedó el montero
en una armada del Peñón de Rosalejo.

Se le hizo la noche
mirando fijo a un horcajo.

 La negra noche
de mariposas secas, rotas, caídas.
La noche negra
de varetos y ciervas.

 Y en lo alto de un puntal
voceaba el podenquero:

 ¿Por qué no acudes montero
que en ese agarre está
el perro que yo más quiero.?

 Loco de ladridos
y mordisco de jabalí
llora de rabia el montero.

 Gritan cada vez más fuerte
los chorros de los arroyos
como hachas encendidas,
en las hierbas finas del monte.

 El Solitario
brinca su macho perfil de piedra
por los peñascos.

 Canta la perdiz
sin pájaros y sin nidos.

 Y vuela en la sementera
la torcaz que todo lo ve.

 – Montero.
¿Por qué no acudes,
que mi perrillo valiente
está latiendo en la umbría.?

 Como fuente de pólvora
salta la sangre
por los pulsos calientes
apretándose en las delanteras.

 Como cruces de bambú
las armas montan la espera
pendientes de la huida.

 Y la niebla
escapa gimiendo
entre las jaras del rio
que se doblan, sin crujir.

 Aúlla el mastín
Y dos venados se vuelven.

 Voces,
caracolas y trabucazos
persiguen el rosario de perros
repechando la traviesa.

 – Alé… Alé…
Bocanegra, Cabañero… !
¡ Que se vuelven. !

 – Rehalas de San Lorenzo,
Fuencaliente, Tamujar,
y Contadero,
dejadme ver
un rastro de clara luz.

 Mil ladras
de alanos blancos
huyen bajo el tamareo
rompiendo en los troncos
ecos fríos de alacranes.

 Se le hizo la inmensa noche
en duelo de alaridos y azucenas.

 Canta el pájaro negro
al pie de una calavera
de nariz rota.

 Canta, -pájaro de larga cola-
En el mismo lugar
Donde alguien le dijese:
– ¡ Qué haya suerte, montero… !

 Felipe Choclán Jiménez
(De su libro “Sueños de un Montero”)

Padrenuestro de los Monteros

 Padrenuestro que estás en la sierra
Junto a las retamas del impenetrable matorral.

 Santificado sea tu nombre entre los olivos
desde las manchas monteras de Andújar
hasta los jarales lejanos de Hornachuelos.

 Venga a nosotros tu Reino campesino
de tinte bermellón en el silencio de las cuerdas
que a carrera abierta por los regatos
recorren tus criaturas en las mañanas brumosas.

 Hágase tu voluntad
así en la tierra de cerradas madreselvas
como en el cielo de nuestros aguardos querenciosos.

 El pan nuestro de cada día
dánoslo hoy en el monte bravo y libre.

 Y perdona nuestros pulsos monteros, como el enebro denso,
que nos envuelve y nos confunde.

 Así como nosotros perdonamos
las inclemencias e incomodidades de las cimeras apretadas.

 Y no nos dejes caer en la tentación
del lance atribulado y descompuesto
cuando las reses rompen el monte cegadas.

 Más líbranos de los ocasos dolorosos
llenos de sombras.
Amén.

 Felipe Choclán Jiménez